Asi nos analizan desde afuera

Amigos y enemigos tienen sobre Hugo Chávez, por lo menos, un acuerdo: su victoria excede a Venezuela. Algunos ven en esto un hecho dramático, otros la reafirmación de un proceso de transformación continental. En este sentido el presidente de Venezuela se reencuentra con la historia de Bolívar, guía y custodio de su revolución.
Primero, lo más sencillo. La derrota de Hugo Chávez habría producido más cambios de lo que producirá su reelección.
Lo más probable es que, reinstalado en Miraflores por seis años más, ningún hecho mayor altere el panorama subregional que ya conocemos. Es difícil imaginar al presidente relanzando una nueva etapa en su vida política, multiplicando la beligerancia de otros tiempos y movilizando países en su gesta antiimperialista de unidad continental. No lo hará, porque está enfermo, no tiene los recursos para lograrlo y porque existe Brasil.
Hace 14 años, cuando comenzó la tarea de Chávez, la región tenía un panorama diferente. En Uruguay no gobernaba el Frente Amplio, en Argentina se transitaba entre Carlos Menem y Fernando De la Rúa y Lula recién asumiría en 2002, Chile era dirigido por la Concertación pero, entonces como ahora, su vocación e interés están, más bien, fuera de la región. En fin, Chávez no tenía competencia para hegemonizar la tendencia nacionalista de izquierda en la región.
Después vino el Brasil de Lula da Silva y Dilma Rousseff. Sin generar controversias frontales con Venezuela, amablemente, fue limitando el papel de Chávez en las iniciativas sudamericanas. En Unasur ya no decide Chávez. El país que se ha convertido en la última instancia política del grupo es Brasil.
De modo que, lo más probable, es que el futuro no ofrezca grandes novedades en comparación con lo que hemos conocido. El presidente tendrá que dirigir su país seis años más y pasar el examen de sustentabilidad.
¿Puede la economía venezolana estabilizarse? ¿Permitirán los precios del petróleo compensar los errores económicos del populismo? Mi impresión, lector, es que allí están las preguntas que deberíamos hacernos sobre la Venezuela de los años por venir, más que si la revolución bolivariana va a profundizar y difundir su presencia en América del Sur.
La derrota de Chávez habría producido más cambios que su victoria. Pero, habiendo tantas cosas que pasan en nuestro mundo, no es razonable analizar lo que no sucedió. De todas maneras, una alteración mayor podría producirse en la región. Poco tiene que ver con las iniciativas de Hugo Chávez. Si en los Estados Unidos, el martes 6 de noviembre ganara Mitt Romney, es probable que sus asesores para América Latina comiencen una ofensiva política dura contra Venezuela.
Por cierto, eso realimentaría la lógica de Chávez, quien podría renovar y fortalecer su discurso antiimperialista. Nada mejor que el enemigo exterior para movilizar nuevamente al propio pueblo.
Romney y su equipo no tendrían la sabiduría de Obama, que sencillamente dejó pasar, no contestó y con ello desarmó, poco a poco, el discurso venezolano.
El presidente Chávez ganó ampliamente esta elección. Otra vez muchas de las encuestadoras que anunciaban su derrota, tendrán que aceptar uno de sólo dos adjetivos posibles: ineptas o corruptas. Este no es, como lo vemos a diario, un mal venezolano. Cada vez más en nuestra región muchas encuestadoras de opinión pública se han convertido en agencias de publicidad.
Aunque esto no es el rasgo más preocupante que muestran algunos de nuestros países. Creo, lector, que lo más grave es esta suerte de fuga hacia adelante que se produce en varias de nuestras economías. Se profundizan las políticas de redistribución y no se producen cambios estructurales. El resultado es imaginable. Cuando los recursos que hoy se inyectan desde el mercado internacional cesen, controlar una situación política en la que no se podrá asistir más a enormes sectores de la población, sencillamente porque no hay más dinero, será muy difícil.
La victoria de Chávez renueva la creencia de los gobernantes populistas que el método que han adoptado para dirigir nuestras sociedades es políticamente rentable y económicamente duradero. Es una creencia correcta, hasta que los precios de nuestros productos de exportación cambien. Lo cual, como es sabido, no depende de nosotros.
Por Dante Caputo
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