El Rincón de los Toros

Tomado de “Hechos y Personajes

del escritor MIGUEL AZPÚRUA, para

El diario “El Carabobeño

del 22 de abril de 20o7,

en su página A-4

Así se denomina un paraje del Estado Guárico, Venezuela, ubicado a pocos kilómetros de la población de San José de Tiznados, donde por poco no pierde la vida el Libertador Simón Bolívar Palacios, en la madrugada del 17 de abril de 1818. Éste se había reunido por primera vez con el general José Antonio Páez el 31 de enero de ese mismo año, en el hato “Cañafístola”, y el llanero había aceptado la máxima autoridad del Libertador, conviniendo en realizar la llamada “Campaña del Centro”. En ella participarían desde diversas posiciones, los militares venezolanos Manuel Cedeño, Judas Tadeo Monagas, Pedro Zaraza y por supuesto José Antonio Páez.

El ejército, al mando de Bolívar, se enrumba hacia Calabozo. Cerca de allí derrotan, el 12 de febrero, a los españoles comandados por el general Pablo Morillo. Ordenada la persecución de los realistas, se producen refriegas en “La Uriosa” y “El Sombrero”; y por terquedad de Páez se desiste en perseguir a los realistas, estos a su vez se repliegan otra vez en Calabozo.

La contraofensiva de Morillo, proveniente de Valencia, se concreta en las barracas del rió “Semen” (16 de marzo) y los republicanos se retiran con grandes pérdidas. Morillo fue traspasado por un lanzazo que lo clavó en la silla de su cabalgadura, obra del valiente y arriesgado coronel Genaro Vásquez, natural de Barquisimeto, quien ciertamente falleció -víctima de múltiples heridas- al día siguiente del combate de Ortiz, el 26 de marzo.

Miguel de la Torre, brigadier, dirige ahora las fuerzas del rey “por ausencia forzada de Morillo”, y decide retirarse hacia Villa de Cura, Por su parte, Bolívar se moviliza hacia “El Rincón de los Toros”, con el fin de reorganizar sus tropas. La sorpresa que le espera es terrible y se desarrolló, más o menos así: Morillo, desde su lecho de enfermo, aprueba un plan para apoderarse de la persona del Libertador, o de matarlo en caso extremo, propuesto por el valeroso coronel Rafael López -era natural de Barinas- en combinación con el capitán Tomás Renovales. Apresan a un sirviente del capellán venezolano Esteban Prado y éste le proporciona útiles informaciones que les permiten acercarse a las líneas patriotas. Renovales, con unos 40 hombres, confunde al coronel Francisco de Paula Santander, subjefe del Estado Mayor, y le indica al español el lugar donde pernocta Bolívar acostado en su hamaca. Se produce una nutrida descarga de fusileria, que sin herir al Libertador, perfora su hamaca, salvándose milagrosamente. Es cuando Santander exclama: el enemigo; se produce una tremenda confusión y al grito de “sálvese quien pueda”, todos se dispersan y se rompe la disciplina. Bolívar, que sobresale entre todos por su brillante chaqueta, a pesar de las escasas luces del alba, se ve obligado a tirarla para no ser blanco fácil de los atacantes. En medio de la barahúnda ningún efectivo quiere remontar al Libertador, hasta que se le acerca el capitán Leonardo Infante y le proporciona el caballo que había pertenecido al coronel López, quien quedó tendido muerto a causa de un balazo que le atravesó el corazón. Bolívar, en la retirada, entró días después en Calabozo a lomos del rocín del infortunado López.

Veamos la versión de este episodio que ofrece Perú de la Croix, en su “Diario de Bucaramanga”, que le fue referida personalmente por Bolívar: “En la campaña del año 18, que así como la del 14 fue una mezcla seguida de muchas victorias y reveses, pero que no tuvo los resultados funestos de aquellos sino consecuencias favorables e importantes para mi ejército y el país; marche un día de San José de Tiznados, con poco más o menos de 600 infantes y 800 hombres de caballería, con el objeto de reunirme con las tropas que mandaba el general Páez; había dado orden para que mi división acampara en una sabana del Rincón de los Toros: yo llegué al anochecer y fui derecho a situarme con mis edecanes y mi secretario, el actual general Briceño Méndez, en una mata que conocía ya y en donde colocaron mi hamaca. El actual general Diego Ibarra, mi Primer Edecán, había sido el encargado por mí de situar la infantería en el punto que le había indicado, y después había ido sin que lo supiera yo, a un baile que había no sé en qué lugar, para regresar después de medianoche a mi cuartel general”.

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